En el siglo VI a.C., el ser humano empieza a abrir la mente. Cuestiona las creencias religiosas preestablecidas y seguidas basadas en dioses durante muchos años para pasar a pensar en algo más concreto y tangible (algo que explica el mundo de una forma más realista y no tan arbitraria). Imaginaron la naturaleza como algo que no era tan imprevisible ya que debía de seguir unas “reglas”.

 

Esta novedad en la forma de pensar en la naturaleza fue posible gracias a que las colonias griegas en Asia Menor tenían una mentalidad abierta (al contrario que las demás ciudades importantes, donde tenían ideas fijas y, por tanto, ninguna posibilidad de evolucionar). El tráfico de mercancías en estas colonias era enorme, por lo que el contacto entre diferentes culturas era constante. Mercaderes de distintas ciudades compartían ideas, creencias…

 

Estas personas estaban dispuestas a ir más allá de lo que iban sus paisanos, y empezaron a hacerse preguntas. Mediante las numerosas charlas que debió haber entre ellos, descubrieron que cada religión tenía un dios que, “en teoría”, era el dios supremo. Esta contradicción que ignoraban poco tiempo atrás (no puede haber según sus creencias dos dioses supremos) les llevó a una conclusión: los sacerdotes de una religión mentían (y, por qué no, los de ambas religiones). Es en este punto donde se empieza a creer que las cosas pasan por algún motivo razonable y no porque un dios así lo ha decidido (incluidas las cosas más nimias).

 

El primer científico jónico fue Tales. Él creía que la formación de la tierra en el planeta fue el resultado de la sedimentación (como en el delta del Nilo). Lo importante de esta reflexión no es la idea en sí misma, sino que lo importante es que haya pasado por alto a los dioses. Sus viajes a Egipto y Babilonia fueron clave para este nuevo punto de vista.

 

Así comenzó el cambio del Mitos al Logos, del desconocimiento al saber.